
Mientras llega la muerte puedes tomar asiento, amigo,
y esperar en silencio.
Puedes gritar hasta hacer temblar los árboles,
mientras llega la muerte.
O buscar a tus enemigos, uno a uno,
mientras llega la muerte.
O a tus amigos, si los tienes.
O llorar, si lo quieres, aunque no sirva de mucho,
o esconderte.
Pero dónde? Bajo tierra? Bajo tierra!
En el lugar en que te pondrán cuando mueras.
No huyas ni te ocultes, solamente espera.
Recuerda lo que eres,
burbuja flotando en el aire hacia un muro de alfileres.
No te inquietes, que el camino termina para todos, bien lo sabes,
en un despeñadero.
En vez de llorar, de maldecir frenético,
toca la mandolina o corre como un loco
con los pies descalzos, bajo la lluvia, sobre la hierba.
Sube a los árboles, escribe un dulce poema,
aprende y canta una canción,
mientras llega la muerte.
También te queda el amor,
para pasar mejor el tiempo.
Todo terminará igual si vives como un santo
o como un perverso.
Filosofa, si quieres, como Séneca,
que tan alejado vivió de sus preceptos.
Piensa, si eso te consuela,
que cada molécula tuya ya pasó por la muerte.
Has sido parte de una gota de agua,
de un tembloroso estambre, de un insecto,
de un colibrí fulgurando en la mañana
o de la lengua ávida de un murciélago.
Estuviste en la pata de una pulga
y en el ojo de una adolescente.
Volverás a estar en la redoma de las catedrales
y en el escupitajo del proxeneta.
No te librarás, amigo, de seguir siendo,
ni lo pienses.
Así que no intentes ir a ningún lado,
porque eso no se puede;
sólo haz un poco de ruido
para cubrir el galopar del tiempo,
mientras llega la muerte.
