martes, septiembre 26, 2006

YO ACUSO

Asno amigo, inmóvil y paciente
bajo el irascible sol del mediodía,
estás ahí porque un día trágico
mi abuelo encontró al tuyo en el fondo de los siglos.
En ese cruce desdichado esperaban a tu ancestro
el aguijón, el látigo
y el malvado.
Esclavo irredento, sumiso y dulce,
trotando cuesta arriba
bajo un enjambre de tábanos
y silbidos.
Cada aurora a ti y al buey, tu callado compañero,
les crujen los pobres huesos,
porque es la hora del azote
el escupitajo y la blasfemia.
Luego hay que ir, con el hocico amordazado
para no saciar el hambre,
a fatigarte en las resecas eras.
Parece que la noche se durmió en algún lado,
se quedó por ahí
y nunca llega.
También hay que sufrir al niño que te pone
(aprendiz de perverso)
una antorcha en la cola o una avispa en la oreja.
En recompensa, banquete de asnos:
agua infecta y paja seca.
Y para borrar toda esperanza que tuvieras,
el amo te arrojó maniatado en tierra
y te clavó en la ingle temblorosa
un relámpago de acero.
(Ya tu ojo adormilado no persigue
el anca de la yegua
que se exhibe ante ti, veloz como un ensueño).
Luego las asnas fatigadas
sólo fueron para ti compañeras de infortunio.
Qué lejos estás de tu primo,
jubiloso garañón de las llanuras,
salvaje y libre,
galopando en amplios círculos de arena
para reunir su harem de burras jóvenes
con la autoridad de su rebuzno.
Pero tú, desdichado, ignoras ese mundo,
esa libertad, esa pasión, ese júbilo.

Ni siquiera en las pirámides egipcias
hay un homenaje a ti, obrero desconocido.
Tenemos al faraón y al escriba,
al siervo, al sacerdote y al ministro,
pero no a ti, esclavo sin respiro,
hundido hasta el vientre en la ardiente arena,
pugnando sediento con los ásperos monolitos.
Pero para ti, amigo mío,
no fue labrado ni el más escondido jeroglífico.
Sólo Juan Ramón y yo te recordamos
y algún poeta distraído
que con cualquier soneto cojo
pretendió rescatarte del olvido.
Grato es escucharte pasar por el camino
sin verte siquiera,
tamborileando en el vientre de la tarde
con tu trotecito de juguete.

Ahora pienso en cuánto te debemos.
No una explicación para salir del paso,
sino una satisfacción de ira,
una reivindicación de coces,
una justicia de mordiscos!
Pero hemos castrado también tu alma,
manso, permisible pollino,
y morirás esclavo en nuestras manos,
pararrayo de todos los instintos.
Una herencia de culpa me licúa los ojos
cada vez que te miro.
Por qué me falta valor, jumento amigo,
para pedirte perdón, avergonzado
con los ojos ocultos, de rodillas?



RAMON BARREDA

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